6/12/68
En la segunda carta de Pedro, se nos dice que “nos ha concedido sus preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas lleguemos a ser participantes de la naturaleza divina” (2 Ped. 1:4). Estas preciosas y grandes promesas sólo pueden reconocerse a medida que se llevan a cabo en la vida de un individuo. Estas son las grandes y preciosas promesas de Dios.
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